Pedro no es un tipo violento. Nunca lo ha sido. Por el contrario, es un negrito dicharachero, parrandero y jugador. Ni siquiera los más acérrimos adecos o escuálidos le alteraban su serena y amable personalidad. Músico, poeta, narrador y ahora hasta pintor, apadrinado por su mecenas Manuel Alfonzo, mejor conocido entre Las Brisas y Palo Negro como “La Pantera Blanca”, dado su carácter escurridizo. Pero era algo que iba contra su voluntad. No era él cuando se indignaba, no era él cuando veía un patuleco.
Dos descalabrados personajes aún padecían los aciagos azotes psicológicos que les dejó Pedro en pasados encuentros, cuando sus ojos metamorfosearon la estampa amorfa de estos dos macilentos engendros de la naturaleza y los hizo padecer, puño a puño, patada a patada, grito a grito y confrontación a confrontación, las miasmas pestilenciales de su carácter infernal y pernicioso. No pudieron Raúl Ossa ni Chúo Galindo zafarse de la lengua retráctil y ponzoñosa, la fortuna padeció maldecirlos desde aquel día, que fue peor que el de su propio nacimiento. Ahora eran dos realengos abortos de la casualidad, yendo y viniendo por la calles de Maturín, sin que nadie les parara bolas.
Raúl cerró Flash. Sólo una oportunidad le aportó un brillo de esperanza: la elección de la directiva de la Red de escritores. Esto lo alentó a encaminar sus pasos al ICUM, sin esperar siquiera que su verdugo también deambulara por esos culturosos pasillos. Un segundo cuchillo atravesaría sus osadas intenciones. Nadie lo quiso en la directiva. Se marchó lentamente, lelo y cabizbajo, obnubilado por el cielo que adornaba esa mañana al Mercado Viejo.
De Chúo, poco sabemos. Se comenta que Julio Vera lo entrenó en las antiguas artes marciales y que luego lo envió a su maestro Zen en Japón, para que le enseñara las viejas técnicas de las armas ninja. Ahora de vuelta, Chúo prepara en su taller gurrufíos para niños, pero es sólo una mampara, porque en realidad cada día, en el silencio de la noche, fabrica “ketuwichi” en forma de gurrufíos, esperando el día para vengarse de Pedro, clavándole la mayor cantidad posible a lo largo del espinazo y quemarlo posteriormente en una gran hoguera hecha con hojas arrugadas de libros de Mario Benedetti, no sin antes descuartizarlo con la daga escondida en el interior de su bastón de guerra.
Se dice que ahora Pedro no duerme, pero algo raro sucede. No sabe nuestro amigo que el pasto ya olvidado de sus iras está floreciendo. Sus tres jurados archienemigos: Verneel, Chúo y Raúl urden una alianza y el deseo común de venganza es el pan que les alimenta. Fueron casa de Waipía, de profesión: hechicero, el mismo que le regaló la contra a Omar Velásquez. Hace usos de sus ancestrales conocimientos y aparece un espíritu con lentes, es el ciego Franklin que les asesora en sus maléficas fechorías. Hasta ahora esta historia no termina, pero parece que algo de cierto en lo que se comenta, pues Pedro no duerme. Cada noche en los rincones más recónditos de sus sueños, tres figuras patulecas le persiguen sin cansancio a lo largo de las coloridas escaleras oníricas de Caripito: El “ñeco” Dorda, el “renco” Brignone y “punto y coma” Mereles.
Pedro, ¡Tu si eres arrecho!
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