jueves, 22 de octubre de 2009

TE SIGO AMANDO



Si mis ojos se cierran. no es que estoy durmiendo.
Aunque no te vea, te escucho
y aunque no me mueva,te siento.
El olor de tus lágrimas y mis mortuorios perfumes,
se hacen uno solo.

Ahora todo ha cambiado,
cuando me decías "Te amo",
lo hacías con una sonrisa.
Ahora me dices "Te amo",
y tus lágrimas me salpican.

Siempre te dije que el negro te lucía
como aquella primera vez hace sesenta años
frente a mi pantalla.

No me acostumbro a mi nueva cama.
Una y otra vez
escucho
las mismas oraciones que aprendí de niño,
y una orgía de rosarios se adueña de mi entorno.

Tengo ganas de fumar,
tengo hambre, tengo sed.
Aún no entiendo de donde sale tanta gente.
Toman café al mediodía.
Esto es nuevo, ahora.

Quisiera decirle a todos que se vayan
que salgan de mi casa,
pero por más que quiera no puedo,
porque aquí en el éter.
no se profieren groserías.

Será que no entienden
que no comparto su misma religión
aunque tu misma nunca lo entendiste.

Yo no era tan bueno,anciana, no.
No lo era,
hubo mejores,
hubo peores.

martes, 20 de octubre de 2009

UN AMIGO MUY TALENTOSO



No te hagas el loco, que tu no eres loco. Anoche bailaste todas y cada una de las canciones que tocaron las bandas que invitaste. Nunca te vi bailar así. A mi me parece que tu andas en otro camino, que buscas una vía alternativa en tu vida y que aprovechas momentos como ése para sacar de adentro eso que te mata y te carcome. No paraste en ningún momento. Te vi saltar de un lado a otro con una alegría de muchacha quinceañera mientras emitías unos gritos algo dudosos y que me pusieron a reflexionar mucho más allá de mis mordaces sospechas. Estabas tan alegre que no dejaste foto sin tomar y estoy seguro que si las pegas todas juntas tendrás un afiche completo de toda la plaza y los personajes cómplices de tus andadas festivas.

Tenías un donaire como de el que es y no es. Me imagino que pensaste que era mejor no serlo, pero después de tanto pensar y sacar cuentas, llegaste a la firme conclusión de intentar por lo menos, poco a poco, ir soltando las riendas como para que nadie se diera cuenta, porque también pensaste en el desenlace de cualquier procaz mirada. Pero fallaste. Yo mismo fui testigo de tu intención de que no se supiera nada. No contaste con mi habilidad y mucho menos con la de mis otros amigos. Lo lamento, pero de nada valió el velo que quisiste poner entre tus alocadas pretensiones, mi capacidad de deducción y las filosas lenguas de los presentes, que todavía hoy comentan tus gestos y ademanes. Es que esas maneras serán educadas, pero siguen siendo ambiguas y dudosas. Esa forma de colocarte la mano un poco más arriba de la cintura, denota ciertos aires de versatilidad en tus acciones.

Sé que quisiste que no se supiera. Y yo no puedo ser indiferente ante eso porque a pesar del poco tiempo que llevamos conociéndonos, te he tomado mucho aprecio porque eres una persona muy humilde y amistosa. Ayer demostraste tu capacidad ante mucha gente que no contaba con tu potencial y le diste una lección a muchos. Demostraste que se puede hacer mucho con pocos recursos y que sólo hace falta voluntad y ganas de hacer las cosas bien. Aún más allá del trabajo y entrando ya en el plano personal, me he dado cuenta de la persona que eres y el don de gente que te caracteriza. Pero por sobre todas las cosas que me has demostrado y las que no, ahora estoy seguro que tú eres tremendo… amigo.

Todo por una pata.


Era el tercero. Pedro Paramaconi Cedeño, como le gustaba que lo llamaran, con el Paramaconi por delante, porque estaba orgulloso de su estirpe indígena, y que sacaba a flote cada vez que se llenara de ira, no escatimó fuerzas para enfrentarse a otro patuleco. Si, era el tercero. Y lo mandó a callar. Mientras el maltrecho contrincante exponía sus absurdos puntos de vista con una seguridad que hubiese dejado helado al mejor de los oradores, jamás imaginó ser parte de las estadísticas nefastas de las pestilenciales ansias de sangre de Pedro.
Pedro no es un tipo violento. Nunca lo ha sido. Por el contrario, es un negrito dicharachero, parrandero y jugador. Ni siquiera los más acérrimos adecos o escuálidos le alteraban su serena y amable personalidad. Músico, poeta, narrador y ahora hasta pintor, apadrinado por su mecenas Manuel Alfonzo, mejor conocido entre Las Brisas y Palo Negro como “La Pantera Blanca”, dado su carácter escurridizo. Pero era algo que iba contra su voluntad. No era él cuando se indignaba, no era él cuando veía un patuleco.
Dos descalabrados personajes aún padecían los aciagos azotes psicológicos que les dejó Pedro en pasados encuentros, cuando sus ojos metamorfosearon la estampa amorfa de estos dos macilentos engendros de la naturaleza y los hizo padecer, puño a puño, patada a patada, grito a grito y confrontación a confrontación, las miasmas pestilenciales de su carácter infernal y pernicioso. No pudieron Raúl Ossa ni Chúo Galindo zafarse de la lengua retráctil y ponzoñosa, la fortuna padeció maldecirlos desde aquel día, que fue peor que el de su propio nacimiento. Ahora eran dos realengos abortos de la casualidad, yendo y viniendo por la calles de Maturín, sin que nadie les parara bolas.
Raúl cerró Flash. Sólo una oportunidad le aportó un brillo de esperanza: la elección de la directiva de la Red de escritores. Esto lo alentó a encaminar sus pasos al ICUM, sin esperar siquiera que su verdugo también deambulara por esos culturosos pasillos. Un segundo cuchillo atravesaría sus osadas intenciones. Nadie lo quiso en la directiva. Se marchó lentamente, lelo y cabizbajo, obnubilado por el cielo que adornaba esa mañana al Mercado Viejo.
De Chúo, poco sabemos. Se comenta que Julio Vera lo entrenó en las antiguas artes marciales y que luego lo envió a su maestro Zen en Japón, para que le enseñara las viejas técnicas de las armas ninja. Ahora de vuelta, Chúo prepara en su taller gurrufíos para niños, pero es sólo una mampara, porque en realidad cada día, en el silencio de la noche, fabrica “ketuwichi” en forma de gurrufíos, esperando el día para vengarse de Pedro, clavándole la mayor cantidad posible a lo largo del espinazo y quemarlo posteriormente en una gran hoguera hecha con hojas arrugadas de libros de Mario Benedetti, no sin antes descuartizarlo con la daga escondida en el interior de su bastón de guerra.
Se dice que ahora Pedro no duerme, pero algo raro sucede. No sabe nuestro amigo que el pasto ya olvidado de sus iras está floreciendo. Sus tres jurados archienemigos: Verneel, Chúo y Raúl urden una alianza y el deseo común de venganza es el pan que les alimenta. Fueron casa de Waipía, de profesión: hechicero, el mismo que le regaló la contra a Omar Velásquez. Hace usos de sus ancestrales conocimientos y aparece un espíritu con lentes, es el ciego Franklin que les asesora en sus maléficas fechorías. Hasta ahora esta historia no termina, pero parece que algo de cierto en lo que se comenta, pues Pedro no duerme. Cada noche en los rincones más recónditos de sus sueños, tres figuras patulecas le persiguen sin cansancio a lo largo de las coloridas escaleras oníricas de Caripito: El “ñeco” Dorda, el “renco” Brignone y “punto y coma” Mereles.
Pedro, ¡Tu si eres arrecho!

LOS LOCOS DEL MERCADO VIEJO



Nací en la calle Cedeño, a sólo media cuadra del Estadio 23 de enero (al frente de la casa de COPEI, para más señas). Mi infancia transcurrió en un escenario muy pintoresco. No era extraño para mí ver pasar muy de mañana a la gente con bolsas, sacos y hasta con carruchas. Vacíos de ida, llenos de regreso, y tantas veces acompañados por unos negritos bulleros que llevaban las bolsas a las viejitas. Hablando de viejas, jamás podré olvidar a la autora de mis traumas infantiles: Rafaela de Peinado. No era loca ni nada, pero dado el caso que yo era un niño de esos que llaman “muy tremendo”, entre mi abuelo y mi tía la menor, hicieron de Rafaela “el coco” para mí y así evitar que jugara mucho en la calle con un cuento chimbo basado en la preparación de “hallacas de muchachitos” que llevaba en el saco. No sé por qué, pero al escuchar esto, pensé en los negritos bulleros. Así que cada vez que iba al mercado con mi abuela, los contaba uno por uno por si acaso. Y en el Cine Rialto también los contaba, porque todos vendían maní en concha el domingo en la función de vespertina.

Atinaron mi tía y mi abuelo en su cometido porque cada mañana Rafaela iba al mercado con un saco, siendo el frente de mi casa paso obligado para ella. Obligado para mí era también asomarme cautelosamente a los lados antes de salir por la puerta, especialmente hacia más allá de la esquina de “La mariquita”, porque Rafaela vivía al lado de la bodega de “Cachón”, casi llegando a la Calle Miranda. Que conste que yo no era el único aterrorizado, porque me encargué de llevar el pánico a todos mis vecinitos y hasta mis compañeritos del Colegio Maturín. Una fatídica vez, jugaba yo las “cuarenta matas” con mi amiguito Francisco Cabeza, sin darnos cuenta que una presencia no muy acogedora se nos acercaba poco a poco. En un instante, vi a Rafaela a sólo dos metros de Francisco. Verla y correr fue lo mismo. Al no entender la causa de mi veloz partida, Francisco se quedó quieto y sorprendido hasta que una mano se posó sobre su cabeza. Intrigado, volteó con confianza para luego petrificarse al quedar frente a frente con su mayor miedo: Rafaela. Mi amigo no dijo nada, no lloró, no se movió. Sólo se vio un líquido amarillo empaparle el pantalón corto y las medias. No estuve allí, pero sé que pasó tres días de fiebre y como un mes sin salir a la calle, aunque yo decía que me mentían y que Rafaela se lo había llevado.

Por allí también anduvo el loco Modesto, con su peculiar saludo: “¿Cómo ta’ tu?” que no pelaba una mañana en la Plaza Miranda, fastidiando al Sr. Gil, el viejo fotógrafo de tantos años para que lo “retratara” con su vieja cámara. Por cierto que siempre quise asomarme en esa cámara, porque tenía como un paño donde Gil metía la cabeza y tomaba las fotos. Mi abuelo nunca me dejó. Siempre me decía que respetara y me quedara quieto. Una vez le pregunté a mi abuelita sobre lo de la cámara y su misterioso interior y me dijo con mucha seguridad que era porque allí guardaba una “carterita” de ron para echarse unos “palos” con mi abuelo Palmares y el señor caraqueño que vivía diciendo que trabajó en el MOP cuando quedaba donde ahora está la Escuela de Artes Plásticas cada sábado antes de meterse a “Mi capricho” a emborracharse.

Se veía venir desde el mercado a Juan José Rojas, mejor conocido entre Palo negro, La Manga y La Isla del Burro como “Clín-Clín”, sacando la mano en las esquinas antes de doblar en su vieja bicicleta. A ese yo no le tenía miedo porque era el abuelo de mi amigo Hansy Rojas y siempre nos regalaba galletas y chicles “papa-upa”. Tuve la oportunidad de visitar su casa allá en la Calle principal de La Pica. Además siempre saludaba a mi mamá con mucho respeto porque sabía que era maestra allá en su pueblo. “Clín-Clin” siempre de traje y corbata, melena desaliñada y las medias por fuera del pantalón. Lo veo clarito. Algunos le decían “Guácara” y otros “Campanita”.

No podría olvidar tampoco al popular “Caraquita”, siempre borracho. Caraquita tenía un tema muy educativo, siempre le explicaba a la gente el origen del nombre “Delta Amacuro”. Hablaba del delta del Orinoco y del Rio Amacuro. Una vez hasta en la puerta de mi casa dio su magistral lección de geografía. Esa noche aproveché y le pregunté si lo llamaban “Caraquita” porque era de Caracas, y me dijo que no, que el era de Tucupita, pero que lo llamaban así porque le gustaba mucho la “Cerveza Caracas”.

¿Quién de los que vivimos y crecimos por aquí cerca no recuerda a “La Cavernícola”? “La Cavernícola” era una mujer pequeña que andaba siempre con vestidos anchos, pero sin nada abajo, como decimos ahora “rueda libre”. Siempre cargaba un muñeco cargado, la gente decía que se volvió loca porque se le murió un bebé naciendo. “La cavernícola” era la reina de los “picones” no le importaba explayarse en cualquier acera, y mostrar su lado femenino mientras hacía su faena de amamantamiento.

Otro más del clan del mercado viejo era “Mano e’ gancho” que todavía está vivo, y anda ahora por el centro con su particular mano doblada. Decían las malas lenguas que no era loco nada y que tenía una tremenda casa en Pararí. Que eso de pedir dinero y andar con la mano recogida eran malas costumbres de él.

Entre el mercado y la Plaza no pelaba la martilladera, pero la campeona invicta de pedir era la flaca “Vitola” y su principal excusa era que se iba a comprar una pastilla “Conmel” porque le dolía la cabeza. Aunque después al rato la vieras frente a “Mi Capricho” con su amado “Caraquita” tomándose las “cerbatanas”, eso sí marca Caracas porque esa era la que tomaba “su esposo-novio”.

La noche llegaba y otros personajes aparecían. Bajando por la calle Girardot se escuchaba desde lo lejos una conversación que no se sabía si era de una película de Hollywood o una obra de Shakespeare. Era “Trinity”, señores y señoras. Un trinitario que medía como dos metros de alto y una dentadura impecable. Hablando inglés sin parar, camina y camina. Nadie entendía pero todo el mundo gozaba y parte de la otra escuchando al pana “Trinity” su diálogo interminable, que de paso incluía los gestos y ademanes de una conversación muy amena. Verlo en la puerta del estadio era todo un espectáculo.

Después vinieron otros locos, que ya no se me hacían tan interesantes porque no eran tan originales como los de antes. Además ya yo estaba más grande y vivía ahora en Los Guaritos, así que los locos nuevos como “Veneno”, “La Regalito”, “El mono” no me llamaban tanto la atención.

Lo mejor de estos amigos que llamamos “locos” y que a lo mejor, nosotros estamos mas locos que ellos es que dentro de su mundo interior son felices, porque perdieron la conciencia de lo bueno y lo malo, no tienen preocupaciones ni andan como locos, valga la redundancia, tratando pagar un alquiler, porque con un cartón basta, que si el carro se echó a perder no importa, ellos siempre andan a pie o tener que pararse temprano a trabajar porque con lo que la gente les dé o lo que encuentren en los basureros les sobra para comer y vestirse. Parece que ser loco es sinónimo de ser feliz

Dicen que los artistas tenemos algo de locos, sino no nos gustara el arte. Y que esa felicidad que nos da ser hacedores de nuestra cultura viene de esa parte loca que tenemos. Y aunque ya no está el viejo mercado ni el estadio, tenemos ahora la bendición de contar con espacios culturales que tanto necesitábamos y que nos llenan de tantas satisfacciones. Pero definitivamente, los locos seguimos en el mercado.