martes, 20 de octubre de 2009

LOS LOCOS DEL MERCADO VIEJO



Nací en la calle Cedeño, a sólo media cuadra del Estadio 23 de enero (al frente de la casa de COPEI, para más señas). Mi infancia transcurrió en un escenario muy pintoresco. No era extraño para mí ver pasar muy de mañana a la gente con bolsas, sacos y hasta con carruchas. Vacíos de ida, llenos de regreso, y tantas veces acompañados por unos negritos bulleros que llevaban las bolsas a las viejitas. Hablando de viejas, jamás podré olvidar a la autora de mis traumas infantiles: Rafaela de Peinado. No era loca ni nada, pero dado el caso que yo era un niño de esos que llaman “muy tremendo”, entre mi abuelo y mi tía la menor, hicieron de Rafaela “el coco” para mí y así evitar que jugara mucho en la calle con un cuento chimbo basado en la preparación de “hallacas de muchachitos” que llevaba en el saco. No sé por qué, pero al escuchar esto, pensé en los negritos bulleros. Así que cada vez que iba al mercado con mi abuela, los contaba uno por uno por si acaso. Y en el Cine Rialto también los contaba, porque todos vendían maní en concha el domingo en la función de vespertina.

Atinaron mi tía y mi abuelo en su cometido porque cada mañana Rafaela iba al mercado con un saco, siendo el frente de mi casa paso obligado para ella. Obligado para mí era también asomarme cautelosamente a los lados antes de salir por la puerta, especialmente hacia más allá de la esquina de “La mariquita”, porque Rafaela vivía al lado de la bodega de “Cachón”, casi llegando a la Calle Miranda. Que conste que yo no era el único aterrorizado, porque me encargué de llevar el pánico a todos mis vecinitos y hasta mis compañeritos del Colegio Maturín. Una fatídica vez, jugaba yo las “cuarenta matas” con mi amiguito Francisco Cabeza, sin darnos cuenta que una presencia no muy acogedora se nos acercaba poco a poco. En un instante, vi a Rafaela a sólo dos metros de Francisco. Verla y correr fue lo mismo. Al no entender la causa de mi veloz partida, Francisco se quedó quieto y sorprendido hasta que una mano se posó sobre su cabeza. Intrigado, volteó con confianza para luego petrificarse al quedar frente a frente con su mayor miedo: Rafaela. Mi amigo no dijo nada, no lloró, no se movió. Sólo se vio un líquido amarillo empaparle el pantalón corto y las medias. No estuve allí, pero sé que pasó tres días de fiebre y como un mes sin salir a la calle, aunque yo decía que me mentían y que Rafaela se lo había llevado.

Por allí también anduvo el loco Modesto, con su peculiar saludo: “¿Cómo ta’ tu?” que no pelaba una mañana en la Plaza Miranda, fastidiando al Sr. Gil, el viejo fotógrafo de tantos años para que lo “retratara” con su vieja cámara. Por cierto que siempre quise asomarme en esa cámara, porque tenía como un paño donde Gil metía la cabeza y tomaba las fotos. Mi abuelo nunca me dejó. Siempre me decía que respetara y me quedara quieto. Una vez le pregunté a mi abuelita sobre lo de la cámara y su misterioso interior y me dijo con mucha seguridad que era porque allí guardaba una “carterita” de ron para echarse unos “palos” con mi abuelo Palmares y el señor caraqueño que vivía diciendo que trabajó en el MOP cuando quedaba donde ahora está la Escuela de Artes Plásticas cada sábado antes de meterse a “Mi capricho” a emborracharse.

Se veía venir desde el mercado a Juan José Rojas, mejor conocido entre Palo negro, La Manga y La Isla del Burro como “Clín-Clín”, sacando la mano en las esquinas antes de doblar en su vieja bicicleta. A ese yo no le tenía miedo porque era el abuelo de mi amigo Hansy Rojas y siempre nos regalaba galletas y chicles “papa-upa”. Tuve la oportunidad de visitar su casa allá en la Calle principal de La Pica. Además siempre saludaba a mi mamá con mucho respeto porque sabía que era maestra allá en su pueblo. “Clín-Clin” siempre de traje y corbata, melena desaliñada y las medias por fuera del pantalón. Lo veo clarito. Algunos le decían “Guácara” y otros “Campanita”.

No podría olvidar tampoco al popular “Caraquita”, siempre borracho. Caraquita tenía un tema muy educativo, siempre le explicaba a la gente el origen del nombre “Delta Amacuro”. Hablaba del delta del Orinoco y del Rio Amacuro. Una vez hasta en la puerta de mi casa dio su magistral lección de geografía. Esa noche aproveché y le pregunté si lo llamaban “Caraquita” porque era de Caracas, y me dijo que no, que el era de Tucupita, pero que lo llamaban así porque le gustaba mucho la “Cerveza Caracas”.

¿Quién de los que vivimos y crecimos por aquí cerca no recuerda a “La Cavernícola”? “La Cavernícola” era una mujer pequeña que andaba siempre con vestidos anchos, pero sin nada abajo, como decimos ahora “rueda libre”. Siempre cargaba un muñeco cargado, la gente decía que se volvió loca porque se le murió un bebé naciendo. “La cavernícola” era la reina de los “picones” no le importaba explayarse en cualquier acera, y mostrar su lado femenino mientras hacía su faena de amamantamiento.

Otro más del clan del mercado viejo era “Mano e’ gancho” que todavía está vivo, y anda ahora por el centro con su particular mano doblada. Decían las malas lenguas que no era loco nada y que tenía una tremenda casa en Pararí. Que eso de pedir dinero y andar con la mano recogida eran malas costumbres de él.

Entre el mercado y la Plaza no pelaba la martilladera, pero la campeona invicta de pedir era la flaca “Vitola” y su principal excusa era que se iba a comprar una pastilla “Conmel” porque le dolía la cabeza. Aunque después al rato la vieras frente a “Mi Capricho” con su amado “Caraquita” tomándose las “cerbatanas”, eso sí marca Caracas porque esa era la que tomaba “su esposo-novio”.

La noche llegaba y otros personajes aparecían. Bajando por la calle Girardot se escuchaba desde lo lejos una conversación que no se sabía si era de una película de Hollywood o una obra de Shakespeare. Era “Trinity”, señores y señoras. Un trinitario que medía como dos metros de alto y una dentadura impecable. Hablando inglés sin parar, camina y camina. Nadie entendía pero todo el mundo gozaba y parte de la otra escuchando al pana “Trinity” su diálogo interminable, que de paso incluía los gestos y ademanes de una conversación muy amena. Verlo en la puerta del estadio era todo un espectáculo.

Después vinieron otros locos, que ya no se me hacían tan interesantes porque no eran tan originales como los de antes. Además ya yo estaba más grande y vivía ahora en Los Guaritos, así que los locos nuevos como “Veneno”, “La Regalito”, “El mono” no me llamaban tanto la atención.

Lo mejor de estos amigos que llamamos “locos” y que a lo mejor, nosotros estamos mas locos que ellos es que dentro de su mundo interior son felices, porque perdieron la conciencia de lo bueno y lo malo, no tienen preocupaciones ni andan como locos, valga la redundancia, tratando pagar un alquiler, porque con un cartón basta, que si el carro se echó a perder no importa, ellos siempre andan a pie o tener que pararse temprano a trabajar porque con lo que la gente les dé o lo que encuentren en los basureros les sobra para comer y vestirse. Parece que ser loco es sinónimo de ser feliz

Dicen que los artistas tenemos algo de locos, sino no nos gustara el arte. Y que esa felicidad que nos da ser hacedores de nuestra cultura viene de esa parte loca que tenemos. Y aunque ya no está el viejo mercado ni el estadio, tenemos ahora la bendición de contar con espacios culturales que tanto necesitábamos y que nos llenan de tantas satisfacciones. Pero definitivamente, los locos seguimos en el mercado.

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