Hoy se burlaron de mí en la escuela, Miss Tink. No entendieron mi cuello y corbata estilo Eton. Mis lentes le causaron risa hasta que así mi pequeña navaja de pedernal, harta de revolotear ociosa en mi bolsillo y le abrí, a la vieja usanza de los peleteros y bajo total asombro por mi innata destreza, una raja desde donde comienza el pecho hasta poco cerca del ombligo. Si, Miss Tink. Me manché de sangre, pero lavé mis manos en el cántaro del jaguar. Había un poco de polvo en mis zapatos, supongo resultado de la huida de los demás chicos, que empañaba mi sádica satisfacción al verlos de frente.
Sí, Miss Tink, lo maté, pero como soy Dios, todo se me está permitido. Sobre todo quitar la vida. Al rato clamarán voces de alabanza justificando mis ejecuciones. Uno que otro me maldecirá, pero siempre un amigo cercano le pondrá la mano en el hombro y le dirá que yo sé lo que hago y que yo, Dios soy perfecto.
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