Quizá si fueran los noventa, yo hubiese dicho que la causa de los males que me aquejan es el fenómeno de “El niño”. Pero ahora, en 2008, en el tercer milenio, la era de los blogs y de los celulares baratos, no hallaba a qué echarle la culpa. Me detuve a pensar si era la inflación, la especulación, el acaparamiento, la corrupción o que las FARC me estaban engañando, luego de ver los canales de la oposición por unos instantes. Cambié de opinión tan rápido como cambié de canal: En los canales del gobierno pasé mas rato, y en menos que canta un gallo, comencé a pensar que mis penurias estaban siendo provocadas por el imperialismo norteamericano a través de un macabro plan de la CIA para tumbar al gobierno, el terrorismo mediático de los canales de la oligarquía o que para dar ejemplo de ser buenos socialistas debemos todos estar pelando bolas.
Apagué la televisión y encendí la radio. Un locutor con voz muy, pero muy gay hablaba de la nueva era, los cristales y la aromaterapia. Nombró una lista de ingredientes para unos rituales de prosperidad y decía que eran de venta exclusiva en una tienda que para mí, debía de ser de su mamá, porque cuando la nombraba le daba una piquiña. Pensé en el círculo vicioso que se me avecinaba porque todo lo que nombró era carísimo. ¿Y cómo entonces yo lo compraba si ando pelando bolas? Entonces la prosperidad iba a ser para quien venda esos artículos. Habló también del Feng Shui, de la Cábala y del ángel de la prosperidad. Sabía que no era precisamente mi abuelo Ángel, porque el también está pelando bolas. Paso a otra emisora y tienen un programa de loterías. Daban tres datos “fijos” para el día siguiente. Entonces cada uno había que permutarlo, jugarlos para el sorteo A y el sorteo B, en la mañana, en la tarde y en la noche de cada una de las loterías Y por si fuera poco, había que ponerle el signo. Así no gana nadie.
Como ya me estaba fastidiando, apagué la radio y me fui a la calle. Fue peor. Pasé frente a una licorería cercana y los asiduos cerveceros, en sus tertulias vespertinas comentaban los típicos temas de borrachos, que a decir la verdad no tienen nunca ningún basamento ni filosófico ni científico, porque a la final, todos los que inventen no son más que simples y batracias excusas para beberse las frías. Apuré el paso, los miré a todos de una manera exageradamente cortés, repartí magistralmente un pelotón de saludos “de alcabala” y me escabullí de las invitaciones como el que quiere y no quiere. Yo sabía que mi respuesta no estaba allí. En ninguna de las seis licorerías que hay en mi cuadra. Porque a pesar de las cervezas caras, ellos también están pelando bolas.
Me fui a la universidad. Allá también hay gente pelando bolas. Pero según los profesores hay unos que están pelando bolas no de los bolsillos, sino del coco, porque están equivocados de carrera. Alguien dijo que si amarraban a un burro en el portón, a los cinco años, era profesor. Subí a la oficina del decano a pedirle dinero y me dijo que había quedado limpio, que pasara más tarde. Escuché unos ruidos allá abajo, bajé tan pronto como pude, sólo para contemplar a los profesores contratados que tomaron la escalera del decanato, porque no les habían cancelado el pago del semestre anterior y estaban pelando bolas. En medio de la muchedumbre, vi a un profesor de los manifestantes, pedirle prestado a un profesor de planta y éste sacó la cartera y se la mostró pelada. Entonces entendí que pelar bolas no tenía nada que ver con asuntos gremiales.
Decidí partir. Me monté en un autobús y me fui a la casa de la cultura. Saqué mi carnet institucional y pagué pasaje de estudiante, porque ya que estoy pelando bolas, no puedo pagar completo. No más pisar la puerta del artístico recinto, me cayeron tres pintores y un poeta para pedirme un cigarrillo. ¡Mira! si no tengo ni uno para mí. Estando aquí ya uno sabe que no se resuelve con nadie porque históricamente se sabe que los artistas siempre vivimos pelando bolas. El único que podía tener es el director y está en la capital en una reunión con el ministro.
Ya no hallo a cual razón atribuirle mi pelazón de bolas. De ahora en adelante, cuando alguien me pregunte por qué estoy pelando bolas, diré con orgullo que estoy pelando bolas por culpa del calentamiento global.
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