-No lo descuelgues. Es tarea de los bomberos.
-Ok.
En la calle ancha, la gente se aglutinaba para ver a Irigoyen con la lengua afuera. Todos lo odiaban, pero cadáver al fin, era digno de respeto. “Marcos Irigoyen, el último maleante que me queda.” se leía en un papel dejado en la mesa. Era su puño y letra, sin duda. Caligrafía Palmer, usada durante 30 años de servicio en la comandancia de policía. Nunca patrulló. Jamás disparó. No hizo guardias de noche. Tampoco montó alcabalas, ni le dio un planazo a un ñángara. Mucho menos matraquear a los ciudadanos. Siempre fue secretario. Tenía la hoja de servicio más limpia desde la fundación de la policía estadal. Su mayor virtud fue tener la letra bonita.
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